Al Otro Lado de la Vida: Segundo Capítulo

Al Otro Lado de la Vida: Segundo Capítulo

La semana pasada iniciamos en Zombeach una serie dedicada a descubrir a nuestros lectores Al Otro Lado de la Vida: La Muerte no es el Final, un libro de zombies escrito por David Villahermosa y cuya segunda entrega, Augurios de Muerte, ya se puede encontrar en Amazon España. Si os quedáis con ganas de más, ya sabéis que el próximo viernes tenemos una nueva ración de Al Otro Lado de la Vida.

Al otro lado de la vida

2

Cementerio de Sheol

28 de septiembre de 2008

 

Respiró hondo, y posó la palma de sus manos sobre la trampilla de madera. El corazón le dio un vuelco al comprobar que cedía sin ninguna dificultad. Llegó a elevarse unos centímetros antes de que la dejase caer de nuevo, asustada. Había recuperado la libertad, pero eso no hacía más que ponerle las cosas todavía más difíciles. Ahora debería prepararse de nuevo a comenzar la cruzada en busca de la supervivencia, y como desde el primer momento, creía no estar preparada para ello.

No obstante algo tenía que hacer, no podía quedarse ahí eternamente, así que decidió mover ficha. Por lo menos contaba con la ventaja de que no había oído a ninguno de esos monstruos en todo el rato que llevaba despierta; trató de convencerse de que tal vez no hubiese ninguno en los alrededores. Dio media vuelta en la oscuridad del ataúd, y volvió a quedar de cara al acolchado. Con uno de sus pies levantó un poco la tapa y aprovechó la posición que tenía para echar un rápido vistazo por la rendija que había abierto. El paisaje no le resultó familiar, y eso aún la descorazonó más.

Una densa niebla lo cubría todo, pero lo que más le llamó la atención fue que parecía estar en un bosque. Tan solo podía ver las copas de algunos árboles cercanos, la niebla no le permitía ver más allá. Levantó un poco más la tapa, y pudo ver con mayor claridad lo que le envolvía. Docenas de lápidas se distribuían aleatoriamente por el suelo cubierto por una verde capa de hierba. Altos cipreses se extendían en todas las direcciones, dando sombra a algunas de las tumbas. Aparentemente no había nadie cerca, y esa era una muy buena noticia. Dejó caer la tapa de nuevo, y dio media vuelta una vez más. Se armó de valor y, lentamente, la abrió por completo, hasta que llegó un momento en el que cayó por su propio peso hacia el otro lado, e hizo un algo de ruido.

Cualquiera que la hubiera visto abrir la tapa de ese modo, la habría confundido con uno de ellos, y de bien seguro se hubiera llevado un balazo en la frente, pero ahí no había nadie. Hacía largo rato que todos los supervivientes habían abandonado el lugar. La sola visión de ese sitio le hizo poner el vello de los brazos de punta. La niebla confería al camposanto un aspecto tenebroso, y el no poder ver más que a unos pocos metros de distancia, aún la ponía más nerviosa.

Sentada como estaba, con las piernas estiradas sobre el tejido mullido del ataúd, se disponía a echar un vistazo general a su alrededor, cuando reparó algo que estaba a sus pies. Se agarró al borde y miró hacia abajo con curiosidad. Otro ataúd, idéntico al suyo, descansaba tirado en el suelo, con la tapa abierta y una de las esquinas astilladas por el golpe. Eso había sido lo que le había impedido abrir su féretro; por lo visto, alguien había colocado ese otro ataúd encima, y su peso había hecho que no pudiese levantar la tapa desde el comienzo. Un vistazo más concienzudo le hizo darse cuenta de que no estaba vacío.

Medio cuerpo de un hombre adulto asomaba debajo del ataúd; el resto del cuerpo había quedado bajo el peso de éste en la caída. Ese hombre sí estaba muerto. Podía ver con claridad la parte trasera de la cabeza de ese pobre infeliz. Tenía parte del cuero cabelludo rapado, y mostraba una fea herida burdamente cosida. Ese simple hecho, aunque la hizo sentir una nueva arcada, la tranquilizó bastante. Su piel había adquirido un desagradable color violeta pálido, y llevaba puesto un traje cortado en vertical de la nuca hacia abajo. Tal vez había sido uno de ellos, o tal vez él mismo se había quitado la vida, cosa de la que no se le podía culpar. Fuera cómo fuese, lo importante era que ya no suponía ninguna amenaza.

Trató de alejar esa imagen de su mente, y miró hacia otro lado. Pudo distinguir entre la niebla lo que parecía la silueta de una excavadora. La mayoría de las lápidas que reinaban en el lugar estaban cubiertas de una fina capa de musgo, y algunas aún conservaban ramos de flores marchitas. En todas direcciones crecían altos árboles de vivos colores; la mayoría de ellos perderían su follaje en pocas semanas. No tardó mucho en descubrir donde estaba, aunque no podía explicarse cómo había llegado ahí. Guardaba recuerdos muy amargos del cementerio viejo de su ciudad natal.

Seguía sin ver señal alguna de vida, de ningún tipo, y eso aún la puso más nerviosa. Con el paso de los días había aprendido que no existía ningún sitio totalmente seguro, y que estuvieras donde estuvieses, si podías ver el cielo, estabas en peligro, y si no, la mayoría de las veces, también. De modo que la prioridad ahora era encontrar un refugio, antes de que su olor alertase a ninguno de esos indeseables y acabase sirviéndoles de merienda. Se decidía a salir por fin de ahí, cuando vio que estaba muy alta, miró hacia abajo y vio que la habían colocado sobre una gran caja de hormigón. Sin llegar a preguntarse qué era eso, sacó las piernas fuera del ataúd y se ayudó de los brazos para tocar tierra firme.

Al posar los pies sobre el suelo, se dio cuenta que estaba descalza. Desde que se despertara, tan solo había pensado en cómo salir de ahí, y no se había dado cuenta del estado en el que se encontraba ella. Posó el otro pie en el suelo, y al mirarlo se fijó que llevaba puesto un pequeño calcetín deportivo blanco, cuya planta estaba negra, igual que la de su pie descalzo. Levaba unos tejanos recortados por encima de las rodillas, y una camiseta desgarrada que le hacía mostrar medio pecho. Todo eso no le importó lo más mínimo, todavía podía correr, y eso era, a resumidas cuentas, cuanto debía preocuparle.